Otro gol de media cancha con poco hielo por favor

La fiebre mundialista a los peruanos nos ha pegado fuerte.Treinta y seis años sin sentir un mundial, sin sentir lo que es gritar un himno nacional a todo pulmón y parecer local en estadios Europeos.

Ver a la blanca y roja brillar tan lejos pero sentirla tan cerca. Dentro de cada uno  latiendo fuerte con el corazón a mil cuando los minutos del primer tiempo se van acabando y vemos como los muchachos siguen luchando, corriendo y sudando por su patria; pero no están solos , ya que más de treinta millones de peruanos mojamos nuestra camisetas algunos por nervios y otros porque se les derramo la cerveza por tratar de gritar un intento fallido de gol.

La historia en una esquina

El Cordano ubicado en la esquina de Carabaya y Ancash (al lado del Palacio de Gobierno) y cuyas puertas  reciben  bohemios desde 1905. Perteneció a una familia de inmigrantes italianos (los hermanos Luis y Antonio Cordano), hoy es administrado por los trabajadores quienes son una especie de enciclopedias humanas con mil y una historias por contar como que aquí, a la sombra del Palacio de Gobierno, se planificaron golpes de estado; que los provincianos que llegaban a la ciudad por la estación de Desamparados (preciosa construcción ubicada justo al frente) tenían su primer contacto con Lima en sus mesas; que presidentes como Manuel Odría, Alan García o intelectuales como don Luis Alberto Sánchez y otros se dieron tiempo para venir a probar la sazón de los cocineros, ya es célebre el “Acorazado de bolsillo” (tacu-tacu, con su sábana de lomo montado con huevo y plátano frito) o sus contundentes sándwiches con jamón.

En los bares que vivimos …

Porque también se puede ser turista en el lugar donde a uno le tocó vivir, vamos a conocer un poco de la ciudad donde empezó todo…

Cuántas ideas, cuántos amores y obras habrán nacido en las mesas de estos  bares,algunos  pienso mientras espero que el mozo del Cordanome sirva el café.Siguiendo una especie de itinerario sentimental decido andar por los bares del centro de Lima, no sólo por el deseo de tomarme una buena cerveza fría sino también para abrirme paso entre la historia, la memoria, los recuerdos de los que están llenos estos lugares. Si bien los bohemios de la vieja escuela (hablo de nuestros abuelos y hasta tatarabuelos) y la intelectualidad peruana de hace medio siglo gastaban sus noches y paseaban sus fantasmas en bares como el Palais Concert, el Palermo (en un inicio de los italianos Coccella y luego de los japoneses Kuniyoshi), el Negro Negro, el Superba (de cuyo letrero se dice que se cayó una R y se quedó así), el Zela, el Chino Chino, hoy desaparecidos; hay bares de no muy larga data que reciben a la nueva bohemia y que se mezclan con otros que han resistido lo implacable del paso del tiempo y que sin embargo se siguen queriendo, como a tiernos abuelos siempre dispuestos a darnos cariño o mejor dicho chelas.

Y bueno a nadie le cae mal un poco de historia en su vida; Gonzalo Torres y su programa a la vuelta de la esquina le rindió homenaje a todos estos bares del centro.

Un bolero más señor cantinero

Ahora estoy por jirón Quilca, recientemente adornada con farolitos, limpio, lleno de restaurantes bien acondicionados; por momentos parece algo desordenada y a ciertas horas un poco peligrosa, de todos modos es un buen lugar para venir a ver una fauna sumanete mixta como los punk, los góticos, neo-hippies, hipsters y extranjeros se mezclan en esta calle. Cruzo la esquina con Camaná. A través de los barrotes de los grandes ventanales del Queirolo veo a la gente disfrutando sus cervezas. Estentóreas sonrisas, parejas que se acarician, ancianos que juegan a los dados, muchachos con pinta miraflorina que quieren ser considerados mas inclusivos por venir al centro, todos refugiados en estos ambientes que desde los inicios del ciclo pasado daba la bienvenida a la sociedad bohemia de todos los tiempos.

Los divos también se embriagan

Bajo una cuadra por Ucayali hasta el Jirón de la Unión y trato de caminar y abrirme paso  entre los ambulantes y el olor a comida; que a veces me marea un poco. Miro con detalle y calma en medio del apuro de todos de los que me rodean  y mi mirada termina  en la hermosa plaza San Martín. Allí está imponente el hotel Bolívar conocida como la “Catedral del Pisco Sour”.. A su lado, el bar el “Bolivarcito” cuyos ventanales nos dan una imagen soberbia de la plaza iluminada, segun lo que me dijeron ahí nació el primer pisco sour con gran escepticismo me adelante a mis amigos y me recibe uno de los mas gentiles meseros que he conocido.