Un bolero más señor cantinero

Ahora estoy por jirón Quilca, recientemente adornada con farolitos, limpio, lleno de restaurantes bien acondicionados; por momentos parece algo desordenada y a ciertas horas un poco peligrosa, de todos modos es un buen lugar para venir a ver una fauna sumanete mixta como los punk, los góticos, neo-hippies, hipsters y extranjeros se mezclan en esta calle. Cruzo la esquina con Camaná. A través de los barrotes de los grandes ventanales del Queirolo veo a la gente disfrutando sus cervezas. Estentóreas sonrisas, parejas que se acarician, ancianos que juegan a los dados, muchachos con pinta miraflorina que quieren ser considerados mas inclusivos por venir al centro, todos refugiados en estos ambientes que desde los inicios del ciclo pasado daba la bienvenida a la sociedad bohemia de todos los tiempos.

Avanzo, la melodía de un valsecito sirve de anzuelo para mi curiosidad. Entro al “Don Lucho” (Quilca 216). A don Luis Ayudante, las locas ilusiones lo trajeron a Lima a buscar la prosperidad. Casi lo tildan de loco cuando un 29 de mayo de 1972 se le ocurrió abrir este bar en la calle donde tenía por competencia a los chinos, japoneses y ni mas ni menos que al Queirolo.

Pude identificar  el rostro de algunos  músicos de fama local. Pido una cerveza y me voy a la rocola que desde 1975 le da el fondo musical al sitio, arrullando con sus canciones de desamor.

Cuenta don Luis que esas rocolas salieron en venta en los Estados Unidos en los años 50´s, “es la alegría de la gente que viene”, dice con orgullo. Cosa que entiendo pues es la única de esa época que funciona en el centro y posiblemente en Lima. El bar es encantador, no es una de esos lugares “fashion” pero te sientes comodo. Miro en silencio los inmensos cuadros que adornan este sitio: una tapada limeña en la plaza de armas, el palacio de Torre Tagle. Alguien pone Chacalón y regreso en el tiempo a esta Lima nueva,tan gris y ajena pero tan buena compañera.  Lima ha vuelto a vivir y junta a ella sus bares.

 

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